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viernes, 1 de febrero de 2008

El Crack

-¡Hombre, Luis, qué tal! ¿Viste ayer por la tele el debate científico?
-Bueno, tuve que ir a verlo a un bar, porque era de pay-per-view, pero sí, claro, ¡cómo me lo voy a perder!
-Es un crack este Matievic, ¿eh?
-Bueno, lo que pasa es que Ruipérez no está a su altura, ya veremos cuando se enfrente a van der Daar. Ese tío ha estado treinta años en Oxford y consiguió unos resultados espectaculares: tres Sciences, ocho PNAS, seis Lancets
-¡Pero van der Daar está mayor, hombre!
-Quien tuvo retuvo…
-Sí, ¡pero gracias a Matievic la malaria tiene vacuna!
-Ya, ya… bueno de todos modos el experimento no ha tenido una réplica en condiciones.
-Bueno, oye, y a tu hijo, ¿qué tal le va?
-Tirando… Mira que fue tontería eso de dedicarse al fútbol, pero se empeñó… Era su vocación desde chiquitito, y condiciones tenía. Estuvo en el filial del Barcelona con una beca de colaboración de 500 euros al mes. Luego le dijeron que igual le pasarían al primer equipo, pero parece ser que el presupuesto no les llegaba. Así que se tuvo que ir al Murcia, que había recibido una subvención de la Unión Europea y estaba reclutando jóvenes promesas. Allí pasa más horas entrenando a los benjamines que jugando al fútbol, pero al menos cobra 1000 euros al mes y ha ganado una Copa del Rey. Lo que pasa es que el año que viene se le acaba el contrato y va a tener que irse a un equipo extranjero. Le querían en muchos clubes, pero si no consigue una beca no podrá irse, porque en el extranjero tampoco les sobra dinero… Y claro, una Copa del Rey es poco curriculum para conseguir una beca en condiciones.
-¿Y la mujer y los niños?
-Pues no sabe qué hacer porque su mujer encontró trabajo en Murcia. Y además la beca que le darían no le alcanzaría para mantener a la familia allá, claro. Así que igual se va él sólo, y está a épocas allí y a épocas en Murcia.
-Anda que la tontería esa de dedicarse al fútbol… A mi hijo en cambio le encantan las matemáticas. En casa lo he dejado, haciendo cálculo diferencial. ¡Estoy deseando que me retire de conducir el camión!

Por Syngamus

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Fábulas celulares (y III): "El Lute, circula o revienta".

EL LUTE, CIRCULA O REVIENTA

De largos bigotes y bajo una capa verde, dos Linfocitos Civiles arrastraban a Eleuterio Sánchez hacia el Bazo.
Eleuterio era ya conocido en todo el Cuerpo y su sobrenombre de El Lute se ligaba inseparablemente al inconformismo con el orden establecido.
Tenía un color rojo mate, de ese rojo que sólo da la vida dura y rastrera del Eritrocito. Su membrana estaba seca y ajada por el malvivir día a día, sin saber siquiera si mañana seguirás vivo. Y en su mirada ya no había odio, como la primera vez que lo vi en el Bazo, siendo una inexperta Neurona, la primera vez que el Sistema Inmune lo detuvo.
Por aquél entonces nada se podía hacer por un alma perdida como él. Su sentencia estaba marcada desde el momento mismo en que se dictó la orden de su busca y captura, vivo o lisado, a lo largo de todo el Cuerpo. El Lute había decidido abandonar el trabajo que la Diosa Biología le había asignado para echarse al Músculo, convirtiéndolo junto con un reducto de desheredados en el bastión de la lucha obrera. Se le unieron células llegadas desde los más diversos lugares: Hepatocitos hartos de su inhumano trabajo, Plaquetas, Miocardiocitos fibrosos como remeros de galeras y hasta un Cono idealista y romántico.
Durante largo tiempo fueron el quebradero de cabeza del SNC, que veía como las Células trabajadoras seguían con pasión las andanzas del adalid de la libertad. El primer paso del SNC, temiendo un levantamiento popular, fue el de censurar todas las noticias sobre el caso. Pero resultó peor el remedio que la enfermedad, porque la transmisión oral sólo conseguiría agigantar sus hechos: El Lute mataba un Macrófago en el Psoas, y cuando la noticia llegaba al Carpo habían sido quince los desgraciados.
Así, la banda del Lute vivía de asaltar cargamentos de glúcidos en el torrente sanguíneo o de algún golpe en el tejido graso sin dormir dos noches en el mismo lugar.
Hasta que, en una batida sin precedentes en la que participaron millares de Leucocitos, El Lute fue capturado. Tras un juicio sumarísimo se le castigó a la máxima pena y se le envió al Bazo en espera del cumplimiento de la sentencia. Fue allí, en el corredor de la lisis, donde me fue permitido visitarle gracias a mis conexiones en el Hipotálamo. Yo me encontraba haciendo mi tesis doctoral en Psicología y era esta una magnífica oportunidad. Conocer a un criminal sin escrúpulos, un asesino múltiple de compleja personalidad me permitiría redondear mi estudio del subconsciente celular.
Sin embargo, conocerle derrumbó todos mis asunciones previas y, lo que tuvo mayor importancia, mi fe en el sistema. ¿Criminal sin escrúpulos? Era lo que las noticias oficialistas nos querían hacer creer. ¿Compleja personalidad? En mi vida hallé un ser más sencillo.
Sí, recuerdo como si fuera ayer aquella primera vez. El temor recorría toda mi red de colágeno. Según me acercaba a su celda, lo primero que vi fue su espalda apoyada en los barrotes de conjuntivo, plagada de cicatrices. Y cuando por fin vi su rostro, sentí encontrarme ante el mismísimo Pascual Duarte. La ira encendía en mayor intensidad su rojo natural y vacilé al acercarme cuando dirigió su mirada hacia mí.
-¡Qué tenemos aquí! ¿Me vas a ajusticiar a besos, monada?- me espetó con un sarcasmo impropio de un condenado a lisis.
-Aquí se queda, la estaré vigilando -me susurró en Linfocito que me había conducido hasta mi renacer.
-Sí, gracias -y, dirigiéndome al Lute- Buenos días, soy Clara María de San Martín, y me gustaría hacerle unas preguntas, si no tiene Usted inconveniente.
-¡Oooh! -fingió- ¿Y por qué tendría que contestarte, pijita?
-No está Usted obligado, por supuesto, pero sería para mí de gran ayuda si lo hiciera.
-¿Y cuáles son esas preguntas?
-Me gustaría para empezar conocer someramente el desarrollo de su vida.
-¿Somequé? ¿Y para que quiere conocer mi vida una niña mona como tú?
-Bueno, dígame si desea cooperar conmigo o no, porque estaríamos perdiendo nuestro tiempo...
-¿De qué tiempo me hablas, niña? ¿Del que me queda para morir? ¿Y qué me importa a mí perderlo?
Me quedé sin palabras, al darme cuenta de la suma de estupideces que había dicho hasta el momento.
-Perdón...-llegué a decir- Yo...
-Mira niña, dame un pitillo y te cuento mi vida en verso, si quieres.
-Yo... no llevo... No fumo...
-Me parece que la que no cospera ahora eres tú, chiquilla- y me sonrió, por primera vez desde que llegué.

Poco a poco, día tras día, fue perdiendo el recelo, y yo escuchaba. Me relató el infame trato que reciben los Eritrocitos, condenados a trabajar hasta el mismo día de su muerte para que células como yo tengan todo el oxígeno que nos venga en gana, o de los Trombocitos que deben pagar con su vida las imprudencias del Cuerpo. Me habló del trabajo de los Hepatocitos en condiciones infracelulares, en medio de reacciones bioquímicas insufribles. De los Miocitos, sin los mínimos derechos al descanso, día y noche ocupados en su brutal labor de contracción. Y así me historió sus recorridos Cuerpo arriba y abajo, en fuga de los Leucocitos, fieles matones al servicio del SNC, en los que conoció a las más diversas células, que al reconocerlo lo escondían sin temer por su infausta vida, a cambio simplemente de escuchar sus penas, ejerciendo de improvisado confesor.
-He escuchao historias que, de no salir de una pobre anciana o de células que rompían a llorar, la hubiese creído sacás de libros de terror. Vivimos bajo la tiranía de los poderosos. Pero algún día el poder cambiará de manos, y ese día se intaurará la ditadura del proletariao.

El tiempo que pasaba se restaba raudo del que quedaba para el cumplimiento de la condena. Mas un día que llegué como tantos otros para entrevistar al Lute me dijeron que no podía verlo. Le grité al celador:
-¿Cómo no? ¡Sabe Usted perfectamente que tengo permiso explícito de...!
-El Lute se ha fugado -me interrumpió.
Una ambigua sensación me recorrió. Mi educación me empujaba a sentir repulsión ante la fuga de un criminal... pero la alegría me embargó. Por supuesto, de membrana para dentro.
La noticia se extendió más rápida que la transmisión nerviosa. La circulación se detuvo, y miles de Glóbulos Rojos se abrazaban alborozados. El Cuerpo, que empezó a sentir la anoxia, mandó los Macrófagos antidisturbios y los vasos se convirtieron en un Mayo del 69. Los Fibrocitos levantaban barricadas, mientras los Hematíes lanzaban sus átomos de hierro. Un Linfocito que con un megáfono llamaba a la disolución de la manifestación recibió un bolazo de zinc en todo el núcleo y cayó sin vida. Del mismo modo, murieron centenares de células.
Las consecuencias duraron largo tiempo: inmunodepresión, acidosis, trombos fibrinosos de los que aún hoy puedes encontrar restos, ... Fueron años penosos, de durísima represión. Y de búsqueda del Lute.

Ahora es conducido a una ejecución segura. Este es el cuerpo de un animal, y sabido es que un animal no tropieza dos veces en la misma piedra. El juicio será sumarísimo, probablemente. De hecho, es por todos conocido que el pelotón de lisis aguarda desde que llegaron los primeros rumores sobre la captura del Lute.
El bando que se ha podido leer desde los disturbios pegados en los vasos sanguíneos y linfáticos, en las asas intestinales y hasta en el último tejido era claro: cualquier indicio que llevare a la captura de Eleuterio Sánchez, alias Lute, sería recompensado con 50 moléculas de ATP. Y el mismo Lute en elemento forme, o cualquier parte vital que se reconociere como suya, se pagaría en 20 gramos de glucosa. El Cuerpo sabía que, en épocas de tanta carestía, semejante recompensa quebraría al mayor de los espíritus revolucionarios.
Por aquellos días yo era consciente al fin, gracias a Eleuterio, de cómo funcionaba todo. Y de que yo era parte de ese Sistema. Empecé a hacer preguntas, a sugerir menos mano dura y más mano izquierda, y ese fue el principio de mi fin. Neurona que piensa por sí misma es Neurona acabada. Tan sólo mis altas conexiones me salvaron de algo peor que el ser expulsada del Sistema Nervioso. En mi casa supuso una desgracia. Aun creo ver a mi madre sollozando mientras mi padre gritaba por los pasillos: “¡Si le hubiese dado cuando se lo merecía...! ¡Pero tú, claro, déjala, que sólo es una Neuronita! ¡Ahora ya ves, la deshonra de la familia San Martín...!”
Dejé mi hogar, donde fui educada con la rigurosidad más estricta para llegar a ser una gran Neurona, como mi madre, y la madre de mi madre. “Quién sabe, pero probablemente llegue a Neurona Motora Superior...”, alardeaba mi madre en los pasillos de los Nervios. Y lo dejé con las manos vacías, pero con el conocimiento pleno.
Ejercí de abogado laboralista durante un tiempo. El SNC no se había olvidado de mí, y cada cierto tiempo encontraba mi despacho revuelto e incluso recibí anónimos amenazadores que me instaban a abandonar mis actividades.
Sí, sin duda fueron malos tiempos...
Apenas alguna nueva correría del Lute me hacía sonreír. En la cola de racionamiento de glucógeno en el Hígado se escuchaba en susurros: “el Lute lisó una patrulla de Linfocitos T helper en el Plexo Braquial...” o “el Lute ha asaltado una placa de Peyer en el Colon Transverso...”. Y la noticia corría como la adrenalina.

Y el final llegó.
Una Célula de la Glía, antigua conocida mía, y que nunca comulgó con el régimen, me lo contó:
-Todavía no es oficial, pero han cogido al Lute.
El alma me cayó a la membrana. Siempre supe que aquel momento llegaría, pero eso no impidió que rompiese a llorar. Sabedora de que no llegaría a ser juzgado, corrí hacia el Bazo, rogando al Subconsciente que el rumor se quedase en nada. La presencia de centenares de Macrófagos acordonando los vasos esplénicos, sin embargo, me lo confirmaron.
Esperé largo tiempo. Llegaron más células, y cuando la noticia se hizo oficial, la multitud se agolpó contra el cordón de Leucocitos. Al fin, a lo lejos, se vio una gran número de Linfocitos Civiles.
Lo vi pasar por delante mío. Dios Santo… no parecía aquel que, con mirada enardecida, me relataba las desgracias de otras Células, mientras gesticulaba vehementemente. Al que hubiese visto por primera vez al Lute aquella vez hubiese creído ver a un simple robaperas, y no al enemigo público número uno...
No me atreví a llamarlo, pero quizá mi propia ansiedad fue bastante para que se girase, me mirase por última vez, me dijese “Me voy, niña” y sonriese levemente.

Detrás entraron los otros: el Tempranillo, Paco el del Molino, el Cucaracha...
Me gustaría relataros que, tras el escarnio público del Lute y sus secuaces, el Cuerpo entero se lazó contra el SNC, que se impuso la dictadura del proletariado tan ansiada por Eleuterio. Pero las cosas siguen igual. El Sistema consigue que cada individuo tenga suficiente con sobrevivir hasta mañana, de tal modo que nadie piense más de la cuenta.
Como hiciera Eleuterio Sánchez, el Lute.
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Por Syngamus.

jueves, 29 de noviembre de 2007

Fábulas celulares (II): "Del amor imposible entre un joven Macrófago y una hermosa Bacteria"

DEL AMOR IMPOSIBLE ENTRE UN JOVEN MACRÓFAGO
Y UNA HERMOSA BACTERIA
Era Isolda una Bacteria recién llegada a la juventud que habitaba en una infección crónica en las glándulas perianales (que, contra lo que pueda parecer, es un hogar bucólico para un gérmen). Isolda pertenecía a la muy antigua especie de los Corynebacterium pyogenes y descendía por línea mitótica directa de los primeros miembros de dicha familia. Su vida se limitaba a fagocitar jugosas estructuras celulares y a nadar por la sustancia fundamental amorfa. Su institutriz, una Mycospora (es costumbre entre los Corynebacterium tener Mycosporas entre su servicio), le había rogado una y mil veces que no se acercase al muro de fibrina que les separaba de resto del organismo. Pero un día en que la tutora se hallaba ensimismada, con un trozo de endotelio entre sus manos que le había regalado un "Staphilo" -fieros mercenarios los Staphilococos- antes de marchar a guerrear a una zona aguda, Isolda se aventuró a nadar cerca del Muro.
Precisamente en la parte opuesta de esa zona de la frontera montaba guardia un apuesto e inexperto Macrófago, que al divisarla sintió su membrana tremolar. Nunca antes había visto una Bacteria (acaba de salir de la Médula Ósea, como quien dice) y jamás las imaginó así. En sus sueños de imberbe cadete-monocito se le aparecían como peludos y amorfos seres que todo lo fagocitaban. Pero eso que flotaba próximo a él, con su sensual movimiento ameboide, era lo más hermoso que Leucocito alguno viera. Calisto, que así se llamaba el soldado, durante sus años de Academia en la Médula Ósea del fémur, había tenido numerosas amantes: Plaquetas, Neuronas, ... Estando en su primer destino en el Hígado, vivió una sórdida relación con una Célula de Kupffer que, al ser abandonada por Calisto, que se hallaba al borde de un juicio de guerra por sus continuas faltas que sus compañeros ya no eran capaces de ocultar, se quitó la vida liberando sus propios lisosomas. Pero todas esas Células habían sido meras relaciones pelvacuas. Aquello que contemplaba en ese momento aplastaba cualquier otra creencia de haber estado enamorado.
De repente, Isolda también lo vio, y, por apenas unos segundos, sus miradas se entrelazaron cual mielina al axón. Rápidamente, Isolda tapó su desnudez y, tras mirar otra vez a tan apuesto ser, huyó rápidamente. Calisto, inconscientemente, le tendió un pseudópodo, y en ese momento sintió algo sobre su membrana externa que lo devolvió a la vida. Se trataba del cambio de guardia, su compañero de armas Ernesto.
-¿Has visto algo, Calisto?
-No... Sin... Sin novedad en el frente...
-Estás pálido, amigo. Necesitas descansar.
Calisto, por supuesto, no pudo conciliar el sueño. Tendido boca arriba sobre su camastro de tejido conjuntivo, Isolda bailaba para él le danza del Golgi. Ansiaba el momento de volver al puesto y, hasta que llegó su turno, se retorció en un sinvivir. Ya en él, escrutó el horizonte buscando a la que desde aquél encuentro era su única razón para existir. Pero la quietud era absoluta.
Pasó el tiempo. Calisto empezó a perder peso. No fagocitaba, y tampoco lograba descansar apenas. Ernesto lo contemplaba preocupado.
-¿Qué te sucede, compañero?
-¿Recuerdas hace unos días, al relevarme en la guardia? Pues vi algo increíble.
-¡¿Divisaste al enemigo?!
-¿Enemigo? ¿Puede ser alguien enemigo de ser tan hermoso? ¿Puede un ser tan hermoso tener acaso enemigos?
-¿De qué me estás hablando, Calisto? ¿Viste o no Bacterias?
-Sí, amigo. Pero no era como las imaginábamos cuando estudiábamos en la Médula. Su membrana resultaba suave cual endotelio vascular, su balanceo al nadar hacía brusco al de un Eritrocito... Desde aquél día vivo para ella, y se que ella también estará pensando en mí.
-Por Dios, Calisto, ¿qué locuras dices? ¡Hablas de un Germen! Si el Sistema Nervioso se enterase, te enfrentarías a un pelotón de lisis por traición. ¿O acaso no conoces la historia del Espermatozoide que intentó huir de su absoluto poder?
-¿Lisis, dices? Al menos dejaría de consumirme la impaciencia por poseerla.

Isolda, por su incursión hacia el Muro, se hallaba castigada en casa de su tío. Sus padres fueron fagocitados en un cobarde ataque sorpresa de Neutrófilos y, desde entonces, vivía con aquél. Su institutriz le había relatado de niña terribles historias en las que los Leucocitos tomaban horribles parecidos y eran temiblemente despiadados. Si esas historias que ella había creído ciertas no lo eran... ¿por qué luchaban? ¿Cómo ser tan perfecto podía estar al otro lado del muro? ¿Por qué debía desear su muerte?
-¡Juliana!- llamó a su institutriz.
-¿Qué quieres, cielo?
-Las historias que me contabas en mi infancia eran meros cuentos de niños, ¿no es cierto?
-¿Por qué me preguntas eso, hija mía?
-¿Por qué debemos estar siempre en guerra? ¿Acaso no es posible vivir en paz con los habitantes del otro lado del Muro?- un tono lánguido emanaba de las palabras de Isolda.
-No se pueden tener respuestas para todo, amor. La Evolución nos ha dado este papel de elegir a los Seres más resistentes. Y hay que aceptarlo.
-¡¡Yo no quiero aceptarlo!! ¡Le amo! ¿Es que no lo ves?
-¿De qué me estás hablando, por Dios? ¿Acaso viste algo en tu escapada?
-Vi el ser más bello que jamás viera Bacteria. Era un joven soldado enemigo, apuesto como pocos.
-¿Y te vio él a ti, loca?
-Sí, me vio, y por un momento nos supimos el uno para el otro...
-Dios Santo, estás viva de milagro... Si hubiese podido te hubiera quitado la vida. No le cuentes nada de esto a tu tío, por lo que más quieras.
-¿Quitarme la vida, dices? En verdad que lo hizo...

A Calisto lo sacó de su aturdimiento el toque de la corneta. Una vez en la formación, un viejo Mieloblasto de tres estrellas se dirigió a ellos:
-¡Soldados! ¡Hijos todos de una misma Célula Madre Pluripotencial! ¡La gran ofensiva que tanto esperábamos ya está aquí! ¡Todos los axones mandan la misma orden desde el SNC! ¡Muchos de vosotros no volveréis, pero sabed que habréis derramado vuestro plasma por el Cuerpo, y que no habrá sido en vano! ¡Demostrémosle a la Evolución que somos resistentes como el que más! ¡¡¡A vencer o a morir!!!- y un estruendoso clamor salió de las formaciones.
Pero Calisto no estaba tan seguro de querer morir sin haberse reunido con ella. Casi arrastrado por Ernesto, avanzaron hasta llegar al Muro. Y, a la señal de las cornetas, miles de jóvenes se lanzaron a una muerte casi segura, pues lo que el Mieloblasto no les había dicho era que ellos conformaban prácticamente la última línea de defensa, debido a la general inmunosupresión del Cuerpo.
Calisto, fuera de sí, luchó aguerridamente. El calor era insoportable, y la humedad calaba hasta el núcleo. A Calisto no le importaba, pues, ahora sí, su único deseo era morir. Tal era su enajenamiento, que su fuerza se multiplicaba, y ninguna Bacteria le podía hacer frente. Fagocitaba por doquier, escupía agentes oxidantes por todos lo poros, y, sin darse cuenta, llegó al mismo núcleo de la infección. Se introdujo entre unas fibras de colágeno, y encontró a una vieja Mycospora, que le suplicó:
-¡Fagocitadme a mí, pero no le hagáis daño a mi niña!
Tras ella, vio acurrucada a Isolda. Entonces volvió en sí. Apartando a la institutriz tomó a su amada entre sus pseudópodos. Obviando la batalla que a su alrededor se libraba crudamente, saltando entre restos celulares y montañas de pus, llegaron hasta el límite de la glándula. Allí se miraron sin mediar palabra, sabiendo ambos que todo llegaba a su fin. Se introdujeron por el conducto y, juntos para siempre, saltaron al vacío.
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Por Syngamus.

Imagen: Macrófago fagocitando una bacteria. Sacada de aquí.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Fábulas celulares (I): "De la Espermátide que quería ser un Óvulo"

Como la ciencia no siempre ha de resultar seria, vamos hoy con el primer capítulo de mis "Fábulas celulares". Dice así:

DE LA ESPERMÁTIDE QUE QUERÍA SER UN ÓVULO

Rogelio era una Espermátide al que le gustaba que le llamasen María José. Era Rogelio hijo de una Célula de Sertoli y de un Macrófago Testicular, y ambos progenitores ya notaron, desde que aquél era un simple Espermatocito, que era diferente a sus hermanos. Esto no disgustaba del todo a la Sra. Sertoli, que, por causas de la diosa Biología, sólo podía tener hijos varones. Además, desde que empezó la Guerra, siempre llegaba el doloroso día en que sus hijos adultos debían marchar a la batalla, para jamás regresar.
Fue entonces, siendo apenas una Espermátide, cuando Rogelio se dio cuenta de que no participaba de las mismas aficiones que sus hermanos y primos. No se divertía con esas absurdas carreras de velocidad y resistencia en las que todos se volvían frenéticos, ni tampoco se atusaba ni arreglaba su cola como los demás (y eso que él la tenía considerablemente más larga que la mayoría). A Rogelio le gustaba más bien llevarla recogida con un pasador. Pero tuvo que pasar un tiempo hasta que cayó en la cuenta del porqué. Fue un día en que sorprendió a uno de sus hermanos mayores mirando una revista mientras se frotaba la cola. Rogelio no supo por qué lo hacía, pero al verle sintió un extraño escalofrío que en aquel momento no supo explicarse. Le fue fácil encontrar posteriormente esta revista descuidadamente escondida debajo del tejido conjuntivo (un número atrasado de la revista Play-Cell), para descubrir en ella la explicación a todas sus sensaciones. Fue en la página central, dedicada al “Óvulo del Mes”, donde todo se aclaró. Viendo esa enorme forma redondeada con ese gran núcleo central, hacia la que se dirigían prestos una decena de Espermatozoides, se dio cuenta de que él no era uno de esos cerdos machistas y asquerosos: él era el Óvulo.
Desde aquel día, Rogelio insistió a todo el mundo en que le llamase María José (así se llamaba esa actriz que le abrió los ojos) e intentó engordar infructuosamente, pues el cuerpo de una Espermátide no está diseñado para acumular lípidos. Por supuesto que, en un mundo tan conservador y retrógrado como es un Testículo, Rogelio se convirtió en seguida en el hazmerreír de todos los espermatozoides y en el escándalo de los Fibroblastos. Pero a Rogelio le daban igual las burlas. No así a su padre, que no podía ir a trabajar sin recibir algún comentario jocoso de sus compañeros. Un día, estando fagocitando a un pobre Lactobacillus (que juró hasta el momento mismo de su muerte que era saprófito y que se había extravasado por error), Romerales le comentó, para el destornillamiento general: “pues igual con tu hijo Rogelio logramos la autofecundación...”. Llegó Don Macrófago a casa con el aparato de Golgi colgando y con dos mitocondrias de menos. La Sra. Sertoli creyó horrorizada que se había producido una infección, pero Don Macrófago se lo explicó todo. “Tendrías que haber visto como ha quedado él, parecía un neurona”.
Llamó enseguida a Rogelio y le dejó las cosas claras. “Mira, Rogelio, basta de mariconadas, tú eres una Espermátide y cuando crezcas llegará el día en que tengas que marchar a fecundar un Óvulo o a morir como un Espermatozoide”. A Rogelio ambas posibilidades, pero en especial la primera, le resultaron muy desagradables. Al “Pero papá, voy a hacer la objeción de conciencia” le siguió un enorme sopapo de los de antes, de cuando el Período Embrionario.
Rogelio corrió entre lágrimas con su madre, que lo acarició para calmarlo. “Eso, tu amaricónalo más”, gritó Don Macrófago.
-No hagas caso a tu padre, hay cosas que un macrófago no puede comprender, hijo.
“Ni un macrófago ni una espermátide”, pensó Rogelio.
Pasó el tiempo y Rogelio se convirtió en un espermatozoide adulto. Su padre había muerto en un ataque de Sífilis, y la Sra. Sertoli estaba ya en proceso degenerativo, por lo cual se sentía muy solo. La mayoría de sus hermanos y primos había marchado ya a la Guerra, la cual le seguía resultando absurda a Rogelio. El Sistema Nervioso Central le había denegado la objeción, y le dieron una prórroga para alistarse o sería autolisado.
Cuando ya se aproximaba el plazo a su expiración, Rogelio empezó a sentir que enfermaba. La ansiedad lo consumía, y decidió desertar. Una noche, cuando todo el cuerpo estaba hipofuncional, salió por el epidídimo y al llegar a la uretra subió sigilosamente hacia la vejiga. Se lanzó a la orina, recorrió el órgano buceando y a través de un uréter alcanzó un riñón. Pero al ir a saltar a un vaso sanguíneo, fue avistado por una patrulla de Linfocitos T que dieron la alarma. Y, pese a su audacia, fue rodeado a la altura del ventrículo derecho del corazón, donde tomó por rehén a un trombocito circulante.
Tras horas de negociaciones soltó al aterrado Trombocito, y cuando medio Sistema Inmune se aprestaba para asaltar el ventrículo, se escuchó desde el epitelio de los pies hasta la sustancia gris del cerebro (se dice que todavía hoy resuena el eco en los senos craneales) un “¡¡Me llamo María José!!” seguido de un desgarrador grito de dolor. Cuando los leucocitos entraron, encontraron a Rogelio con un pie en la otra vida, mascullando “Ma...riajosé...” mientras perdía el plasma celular por donde otrora se insertara su cola, que ahora descansaba inerte a su lado, como metáfora de la intolerancia celular.
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Por Syngamus.


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